Por: Carlos Hernández Montero
Recientemente publiqué una reflexión que me dejó un sabor amargo: si la mayoría de los mexicanos no entendemos cómo funcionan las entrañas de nuestro país —y lo que es peor, no tenemos el interés de entenderlo por vivir atrapados en la inmediatez del día a día—, el caos nacional deja de ser una anomalía para convertirse en una consecuencia lógica. Realmente es triste.
Pero, más allá del sentimiento, ¿qué hay detrás de este fenómeno? Como alguien que analiza la educación y la tecnología, me parece fundamental desmenuzar por qué estamos atrapados en este ciclo de "ceguera sistémica".
La brecha de la alfabetización cívica
En México, hemos confundido saber leer y escribir con estar alfabetizados. La realidad es que padecemos un analfabetismo funcional respecto a nuestras instituciones. No entendemos cómo se asigna un presupuesto, cómo opera el Poder Judicial o bajo qué criterios se toman las decisiones económicas que afectan nuestro bolsillo.
Esta desconexión no es gratuita; es el resultado de un sistema educativo que históricamente ha privilegiado la obediencia sobre el pensamiento crítico. Cuando el ciudadano no comprende las reglas del juego, se vuelve un espectador pasivo de su propia desgracia, limitándose a reaccionar emocionalmente ante figuras mesiánicas en lugar de fiscalizar procesos técnicos.
El determinismo de "vivir al día"
Es fácil juzgar la falta de "proyectos de vida" desde la comodidad de una oficina. Sin embargo, para millones de mexicanos, el futuro es un lujo que no pueden costear. Cuando la energía cognitiva se agota intentando resolver la comida del día siguiente o el transporte para llegar al trabajo, no queda espacio para la planeación estratégica.
La precariedad económica genera una "visión de túnel". Nos obliga a enfocarnos exclusivamente en lo urgente, dejando lo importante —la educación, la participación comunitaria, la salud financiera— en un segundo plano permanente. El problema es que una nación que solo sobrevive en el presente, está condenada a hipotecar su futuro.
De la anestesia social a la acción digital
La indiferencia que percibimos no es siempre flojera; a menudo es un mecanismo de defensa. Tras décadas de promesas incumplidas, el ciudadano promedio opta por la "anestesia social": dejar de preocuparse para que deje de doler.
Sin embargo, aquí es donde entra la oportunidad. En plena era de la cultura digital, tenemos herramientas para democratizar el conocimiento que antes estaba bajo llave. El reto de quienes nos dedicamos a la educación y la comunicación es romper esa anestesia. No basta con señalar que "la gente no entiende"; el desafío es hacer que el funcionamiento del país sea tan comprensible y accesible que entenderlo se convierta en una herramienta de poder real para el ciudadano de a pie.
Necesitamos pasar de la queja en redes sociales a la construcción de una pedagogía de la participación. Solo cuando el proyecto de nación coincida con el proyecto de vida de cada individuo, dejaremos de ver nuestra realidad con tristeza para empezar a verla con estrategia.