← Volver al Inicio

Farmear aura y el derecho a ser jóvenes

Farmear aura y el derecho a ser jóvenes

Por Carlos Hernández | RCU Noticias

Hay batallas que uno no sabe si tomarse en serio o simplemente reírse un rato. Y las de farmear aura pertenecen, al menos por ahora, a esa categoría.
En los últimos días han comenzado a circular convocatorias en redes sociales para que jóvenes se reúnan en parques, plazas y otros espacios públicos para competir por algo que, estrictamente hablando, no existe: el aura. Poses, gestos, bailes, actitudes, ocurrencias y cualquier cosa que consiga arrancar una reacción del público pueden convertirse en puntos imaginarios.

Sí: es ridículo.

También es bastante divertido.

Y, sobre todo, no veo por qué tendría que convertirse en un problema social.

El término farmear aura mezcla dos códigos muy propios de las nuevas generaciones. Farmear viene del lenguaje de los videojuegos y alude a repetir determinadas acciones para obtener recursos, experiencia o recompensas. Aura, en la jerga de internet, se utiliza para describir la presencia, el carisma, la seguridad o esa capacidad difícil de explicar que tiene alguien para llamar la atención sin necesariamente hacer demasiado.

La expresión comenzó a circular en internet desde 2024. Uno de los primeros usos documentados aparece en TikTok, en enero de aquel año, y posteriormente se extendió por comunidades vinculadas con el anime, los videojuegos, el deporte y la cultura de memes.

Durante 2025 el concepto adquirió todavía mayor notoriedad gracias, entre otras cosas, a los videos del niño indonesio Rayyan Arkan Dikha, cuyo baile sobre una embarcación tradicional durante el festival Pacu Jalur se convirtió en un fenómeno mundial y fue asociado masivamente con el llamado aura farming.

Ahora el meme salió de la pantalla.

Y eso, curiosamente, me parece lo más interesante de todo.

En México ya se han realizado encuentros presenciales. El puerto de Veracruz fue escenario de una de las primeras batallas de farmear aura documentadas en el país: jóvenes convocados mediante redes sociales se reunieron en la Macroplaza del Malecón para competir mediante poses, movimientos y ocurrencias, buscando obtener la reacción del público.

La tendencia también ha comenzado a replicarse en otros países latinoamericanos, con encuentros en plazas y espacios públicos.

Y aquí es donde, a mi juicio, conviene detenernos un momento.

Porque mientras buena parte de la conversación adulta se concentra en burlarse de lo absurdo de la actividad, hay una pregunta que me parece mucho más importante: ¿qué están haciendo realmente estos jóvenes?

Se están reuniendo.

Están saliendo de sus casas.

Están ocupando parques y plazas.

Están conviviendo cara a cara.

Están inventando una dinámica colectiva.

Están riéndose.

Están haciendo el ridículo voluntariamente frente a otros.

Y, salvo que aparezcan conductas que impliquen violencia, daños, acoso, invasión de espacios privados o afectaciones a terceros, no encuentro en ello una tragedia generacional.

De hecho, resulta paradójico.

Llevamos años escuchando que los jóvenes viven demasiado tiempo frente a una pantalla, que ya no conviven, que están aislados, que todo lo hacen desde el teléfono y que las redes sociales están destruyendo la interacción cara a cara.

Y cuando encuentran una tendencia que precisamente los lleva de las pantallas a los espacios públicos, algunos adultos volvemos a quejarnos.

¿Entonces qué queremos?

¿Que salgan, pero únicamente para hacer las actividades que nosotros consideramos culturalmente respetables?

¿Que se diviertan, pero de acuerdo con nuestros códigos?

¿Que convivan, pero sin hacer cosas que nos parezcan tontas?

Ahí aparece un viejo problema que no necesariamente tiene que ver con farmear aura: el adultocentrismo.

Esa tendencia a interpretar la conducta de niñas, niños, adolescentes y jóvenes desde una perspectiva en la que la experiencia adulta se convierte en medida universal de lo razonable, lo importante, lo útil y lo correcto.

Y no.

No todo lo que hacen los jóvenes tiene que parecernos inteligente.

No todo tiene que producir conocimiento.

No todo tiene que ser productivo.

No todo tiene que convertirse en emprendimiento, disciplina, deporte de alto rendimiento, formación académica o proyecto de vida.

A veces la juventud simplemente quiere hacer una estupidez.

Y tiene derecho.

También nosotros hicimos estupideces.

La diferencia es que muchas de nuestras tonterías no tenían TikTok para documentarlas ni una comunidad digital dispuesta a convertirlas en tendencia mundial.

Cada generación desarrolla sus propios códigos. Los adultos de hoy tuvimos nuestras modas, nuestras frases, nuestras tribus, nuestros lugares de reunión y nuestros rituales de pertenencia. Algunas de aquellas cosas probablemente también parecían absurdas para nuestros padres.

La juventud siempre ha producido formas extrañas de decir: “aquí estamos, somos nosotros y este es nuestro lenguaje”.

Farmear aura es, en buena medida, eso.

Por supuesto, tampoco se trata de idealizar la tendencia. Si una convocatoria termina en violencia, vandalismo, consumo problemático, hostigamiento, daños al patrimonio o cualquier conducta que perjudique a otras personas, deja de ser una simple expresión de ocio y merece la intervención correspondiente.

El derecho al esparcimiento no significa derecho a molestar o perjudicar a los demás.

Pero una cosa es establecer límites razonables y otra muy distinta es convertir cada nueva expresión juvenil en una supuesta amenaza para la sociedad.

Hay una enorme diferencia entre poner límites a una conducta dañina y despreciar una conducta simplemente porque no la entendemos.

Y quizá esa distinción nos haga falta.

Porque, seamos honestos: farmear aura probablemente desaparecerá tan rápido como llegó. En unos meses quizá los jóvenes estarán utilizando otra expresión, siguiendo otra moda o reuniéndose para hacer otra cosa que a los adultos nos parecerá inexplicable.

Así funciona la cultura juvenil.

Es temporal.

Es cambiante.

Es exagerada.

Es absurda.

Y precisamente por eso es juvenil.

No creo que una generación vaya a hipotecar su futuro porque durante unas semanas decidió reunirse en una plaza para hacer poses y ganar imaginarios “+1000 de aura”. Hay problemas muchísimo más serios que deberían ocupar nuestra atención: violencia, abandono escolar, falta de oportunidades, salud mental, precariedad laboral, inseguridad, consumo problemático, discriminación y tantas otras realidades que sí tienen consecuencias profundas en la vida de nuestros jóvenes.

Si queremos preocuparnos por ellos, preocupémonos de verdad.

Pero si simplemente quieren reunirse en un parque para hacer el ridículo durante un rato, quizá podamos permitirnos algo mucho más sencillo: dejarlos.

Incluso podemos reírnos con ellos.

Porque sí: farmear aura es ridículo. Ridículo de verdad. 🙂

Pero que algo sea ridículo no significa que sea dañino.

Y que no lo entendamos no significa que esté mal.

A veces los adultos necesitamos relajarnos un poco. Dejar de pensar que toda conducta juvenil debe tener una finalidad trascendente. Recordar que divertirse también es parte de crecer.

Quizá el verdadero “aura” que deberíamos farmear los adultos sea otra: la capacidad de mirar a quienes vienen detrás sin sentir la necesidad permanente de corregirlos.

Déjenlos ser jóvenes.

Ya tendrán suficiente tiempo para enfrentarse a un mundo que, ese sí, se toma demasiado en serio.