Cada Día Internacional de la Educación llega acompañado de discursos optimistas, slogans bienintencionados y promesas de futuro. Se habla de innovación, de tecnología, de transformación. Pero pocas veces nos detenemos a hacer una pausa incómoda: preguntarnos qué educación estamos construyendo realmente, para quién y bajo qué intereses.
Hoy, la educación vive una tensión constante entre el ideal y la realidad. Por un lado, se nos exige preparar a las nuevas generaciones para un mundo cambiante, digitalizado y profundamente desigual. Por otro, los sistemas educativos continúan operando con lógicas del pasado: currículos rígidos, evaluaciones estandarizadas y condiciones laborales que desgastan al docente hasta convertirlo en un simple ejecutor de programas.
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El docente frente al futuro: ¿guía, técnico o resistencia?
En este escenario, el rol del docente se ha vuelto más complejo que nunca. Ya no basta con “saber enseñar”. Hoy se espera que el profesorado sea mediador tecnológico, gestor emocional, productor de contenidos digitales y, al mismo tiempo, garante de valores humanos. Todo esto, muchas veces, sin formación suficiente, sin acompañamiento institucional y con una presión constante por “actualizarse” para no quedarse atrás.
Sin embargo, el verdadero desafío no es tecnológico, sino pedagógico y ético. El docente del futuro no debería ser reemplazado por plataformas ni algoritmos, sino fortalecido como sujeto crítico, capaz de tomar decisiones conscientes sobre cómo, cuándo y para qué usar la tecnología en el aula.
La irrupción de la IA: oportunidad, riesgo y espejo
La llegada de la inteligencia artificial generativa ha intensificado este debate. Para algunos, representa una amenaza directa al pensamiento crítico y a la autoría intelectual. Para otros, una oportunidad inédita para democratizar el acceso al conocimiento y personalizar los aprendizajes.
Mi postura se construye desde la experiencia, no desde el miedo. La IA no piensa por sí sola: piensa con lo que le damos. El problema no es la herramienta, sino la falta de criterios pedagógicos, éticos y políticos para su uso. ¿Quién controla los datos que generamos? ¿Qué intereses económicos están detrás de las plataformas educativas? ¿Qué modelos de conocimiento se privilegian y cuáles se invisibilizan?
Hablar de educación del futuro sin hablar de protección de datos, soberanía digital y regulación es una omisión grave. Gobiernos y corporaciones tecnológicas disputan hoy un territorio clave: la información de millones de estudiantes y docentes. Y en medio de esa disputa, la escuela corre el riesgo de convertirse en un laboratorio sin consentimiento informado.
Inclusión educativa: el gran pendiente
Si hay un tema que no admite discursos vacíos es el de la inclusión educativa. No se trata solo de integrar estudiantes con discapacidad, sino de transformar estructuras que históricamente han excluido: por condición física, por origen social, por contexto territorial o por acceso desigual a la tecnología.
La educación del futuro no puede pensarse desde un modelo único. Debe ser flexible, accesible y profundamente humana. La innovación real no está en la plataforma más sofisticada, sino en diseñar entornos de aprendizaje donde nadie quede fuera.
Pensar la educación desde el cuerpo y la experiencia
Estudiar un doctorado en este contexto no es un acto neutro para mí. Es una decisión atravesada por mi historia personal, por mi condición física y por la convicción de que el conocimiento debe tener sentido social. La IA, lejos de reemplazar mi pensamiento, me ha permitido seguir aprendiendo, organizando ideas y participando activamente en la producción académica, en un momento de mi vida donde las condiciones no siempre son favorables.
Por eso, cuando se pregunta si la tecnología nos vuelve dependientes, yo prefiero preguntar: ¿dependientes de qué y para qué? En mi caso, ha sido una aliada para no abandonar el camino, para seguir pensando la educación desde la inclusión, la dignidad y la justicia.
Educar es tomar postura
Celebrar el Día Internacional de la Educación no debería ser un acto simbólico, sino un ejercicio de responsabilidad colectiva. Educar implica tomar postura frente al mundo que estamos ayudando a construir. Implica cuestionar, incomodar y resistir cuando la educación se reduce a mercancía o a simple capacitación para el mercado.
La educación del futuro no está en el mañana: se decide hoy, en cada aula, en cada política pública, en cada elección pedagógica. Y, sobre todo, en la capacidad de no olvidar que enseñar y aprender siguen siendo, ante todo, actos profundamente humanos.

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